No me gustan nada los días nublados. En Burgos un 45% de los días del año son de este calibre y no me gustan. Quizás por eso sea el momento de cambiar, es hora de reinventarse, de resurgir de un puñado de cenizas.
No sé por qué pero me pasa cada cierto tiempo, haciendo media cada unos cinco años. Noto como un nudo en la garganta y una presión en el pecho. Tengo que estirar mis alas y volar, no sé si alto o bajo, pero necesito volar. Todos, al igual que yo somos un tipo de ave en algún momento de nuestra vida. Yo he sido canario cantarín, ave de rapiña en momentos de tensión, pavo real cuando me he sentido vanagloriada e incluso gorrión callejero cuando me he sentido perdida; ahora toca ser ave fénix. Sé que volveré al nido, como lo he hecho durante estos cinco años; pero noto que tengo que migrar. Que mi nido no está aquí y si me equivoco, siempre habrá tiempo para regresar, o al menos eso es lo que dicen todos los que me rodean.

Necesito ser como el ave fénix, ese que según la mitología, resurgía de sus propias cenizas; y es que cenizas o no, empiezo a estar un poco "quemada" del "todos los días lo mismo", lo siento pero yo no soy de ese tipo de personas a las que les gusta lo rutinario. Me da igual que los días sean nublados o soleados y que esté con las mismas personas pero necesito hacer cosas distintas que doten a mi vida de sentido.
Será partir de cero, como pasó hace cinco años cuando me fuí a Madrid. Otra vez ese miedo, esa soledad inicial ante un reto, ante lo desconocido para después vivir un sinfin de momentos, que mejores o peores no hubiera vivido si no hubiese migrado. Por eso me iré, por que quiero vivir y sé que aquí puedo hacerlo, pero no según el modo en el que yo entiendo la vida. Una mezcla de sensaciones y aventura.
Es en fechas como estas en la que millones de españoles acuden a su administración correspondiente para tentar a esa dama tan bella, glamurosa y desconocida; la diosa fortuna. Amada por unos y custodiada por otros, quizás odiada por pocos, es el deseo y anhelo de cuantas cartas reciben sus majestades los reyes magos durante las navidades.
De lo que no cabe duda es de que la suerte pasa de lado, pocas veces avisa y llega, además, momentáneamente. Suele hacer su aparición, nos da una palmadita y se va. A veces se acomoda a nuestro lado y como si de una partida de poker se tratase, hace su jugada, nos despluma y sale por donde entró; dejándonos peor a como estábamos antes de que comenzase el juego. Me ha gustado el simil del juego, la vida al fin y al cabo tan sólo es un juego que acaba una vez que nos quedamos sin cartas con las cuales apostar. En la vida como en el juego, la suerte está más que presente.

Cuando nos quejamos de la mala suerte que tenemos hemos de saber que la suerte no es eterna, que es esporádica y cambiante y que nadie puede retenerla. Como bien dijo ese poeta bilbaíno llamado Fito, la suerte "viene y va" ," todos la pueden tener y nadie la puede guardar".
Por eso, cuando nos sintamos un poco desafortunados no hemos de regocijarnos en nuestra desdicha, sino que tenemos que pensar que algún día la suerte nos rozará levemente la mano. Eso es, pensemos en que nos cogerá la mano tímidamente para poco a poco ir sintiéndose más fuerte hasta que nuestros más íntimos deseos puedan hacerse realida. Quizás, y de esto pocos dudan, es que tras este suspiro temporal, que recordaremos como un bonito sueño, nos soltará la mano para acudir al amparo de alguien que lo necesite, quizás la suelte para siempre. Nos dejará más solos de lo que estábamos antes de que se le ocurriese darnos esa maldita mano.
Y qué razón tenía Quique González en su canción "Los Conserjes"..."la suerte es una ramera de primera calidad".
...qué la suerte te acompañe...Si la suerte te da la mano, agarrala fuerte y no la sueltes antes de tiempo...Es difícil que vuelva a cogértela de nuevo...
No voy a hablar de la canción de Shakira, la intuición es mucho más que una simple melodía aunque muchas veces sea tan pegadiza como una simple canción. Nos ocurre muchas veces, salimos de casa extraños con el corazón encogido sin saber la razón. Sentimos que ese día va a ser especial y aunque tratemos de alejarlo de nuestro raciocinio, al final lo acaba siendo.
La intuición es muchas veces más poderosa que la razón. Quizás el hombre errase menos si se dejase llevar por estos espontáneos sentimientos y se dejase de comer el tarro continuamente. Muchos dicen que es cosa de mujeres, yo no lo creo, es cosa de hombres y mujeres; lo que pasa es que las féminas nos dejamos llevar más por este tipo de pensamientos.
Es muy sencillo, lo de intuir puede hacerlo todo el mundo. Vas a un lugar al que nunca has ido, es la primera vez que pisas ese restaurante o ese bar que dicen está de moda. Nada más llegar sientes algo, lo intuyes, está cerca; el qué, ni tu misma lo sabes, pero está cerca. Puede ser cualquier cosa, un amigo al que hace tiempo que no ves, una llamada certera, o el amor de tu vida, no lo sabes, pero estás a puntito de conocerlo. Muchas veces los sueños son preludio de esas sensaciones. Sueñas algo, no lo recuerdas y cuando vives en ese mismo día una determinada situación algo te dice que sabías que eso iba a pasar. De algún modo lo presentías, eso no era casual.
La intución nos hace aferrarnos a las personas y odiarlas con un simple primer vistazo. Cuando conoces a alguien es tu intuición la que te dice que esa persona va a ser importante en tu vida, va a pasar desapercibida o va a hacertelo pasar mal. En el amor ocurre lo mismo. Tu intuyes, e intuyes, e intuyes pero también a veces nos equivocamos. Esto no es una ciencia cierta. Pero en ocasiones las sensaciones que desprendemos, las huellas que dejamos en los otros, un gesto, una palabra, un silencio son más certeros que mil y una palabras.
Muchos dicen que no es muy aconsejable dejarse llevar por la intuición porque los hechos son los hechos y empíricamente es lo que cuenta. Al fin y al cabo eso de la intuición es algo que no podemos demostrar, pero qué gratificante es tener uno de esos sentimientos y ver que has acertado. La intuición es como la magia, hay que creer en ella para encontrarla.
El miedo es un sentimiento inherente al ser humano, es una parte de nuestras vidas que en el fondo nos aleja del disfrute de la misma. Cuando una persona percibe tal sensación su cuerpo y su mente se paralizan ante una sensación extraña, ante un sentimiento, ante un cambio. Y es que el miedo nos hace vulnerables, nos aleja de nuestros deseos y de la magia o el disfrute de sentimientos maravillosos como la amistad, la aventura o el amor.
Ya lo dijo Shakesperare, "de lo que tengo miedo es de tu miedo". En ocasiones lo percibimos, en ocasiones lo maquillamos y en resultado nos alejamos de todas las vivencias nuevas por ello, por el miedo. El miedo por sí mismo es algo natural, la valentía reside en vencerlo, en superarlo. El primer paso es reconocerlo. Tengo miedo. A lo desconocido, a la novedad...pero el que no arriesga no gana y en esta frase el miedo no existe, o sí, pero envuelto en un aire esperanzador que nos hace saltar esa barrera para superarla.
Tenemos miedo a lo desconocido. Y el miedo llega como las cosas buenas, de repente. Lo malo es que escondamos los sentimientos por miedo a perder esas cosas buenas antes de conseguirlas o por lo menos intentarlo. ¿Por qué tener miedo a sufrir si no sabemos si rozaremos el cielo con las manos? ¿Por qué alejarnos de nuestros sueños por miedo a fracasar? No, el miedo no existe, o sí, qué se yo que siento miedo a diario.
Miedo a hacer daño, miedo a perder, miedo a soñar...Miedo a no tener nada por el miedo a intentarlo.