| De: | 09007 Burgos |
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Hoy voy a escribir sobre algo qué ya escribí, sobre temas de los que hablé ayer, contigo, quizás no fue contigo; quizás conmigo misma, quizás no lo hice con nadie.
Hay momentos en los que la vida nos pone a prueba, nos hace pasarlo mal para que aprendamos a valorar un poco más lo que tenemos. Cada mañana me levanto y te veo ahí a mi lado, quizás no todos los días, pero sé que te tengo ahí, a mi lado. Las pruebas de la vida, los momentos amargos nos hacen saber lo ricos que somos y el gran valor que es tener una familia, unos amigos, una pareja…
En esos momentos de oscuridad, en la que nos vemos sumidos en un pozo, nos hacemos mil y una promesas. Yo hace un año me hice una, en un duro bache familiar, y hoy con el tiempo aclarado y los problemas resueltos, veo todo de otro modo. Decidí contarlo, para ilustrar con un ejemplo y poder ayudar a todas las personas que hubiesen pasado por el mismo calvario.
El tiempo es sabio y todo lo cura. Las personas a las que va este tributo son las más importantes de mi vida. Mi familia.
REPORTAJE DE DIARIO DE BURGOS 30 SEPTIEMBRE 2007-11-12
UNA ENFERMEDAD SIN LAZOS ROSAS
LIDIA SIERRA/BURGOS
¿Anorexia? ¿La enfermedad de las chicas que dejan de comer? Es imposible, mi niño no puede tener anorexia. Estas fueron las primeras palabras que Mario, un chaval burgalés de 13 años (nombre ficticio del menor que prefiere mantener su anonimato), le dijo a la doctora cuando le diagnosticaron anorexia nerviosa el pasado año en el Hospital General Yague. No tenía ningún motivo, pero en esta enfermedad psiquiátrica los motivos valen de poco. Buena forma física, delgado, guapo, brillante expediente académico, buenos amigos, normalidad en el entorno familiar…No tenía por qué haberle pasado, pero de la noche a la mañana se vio sumido en un pozo del que es difícil, aunque no imposible salir.
Mario es sólo un ejemplo, uno de tantos. Muchos más varones de entre 10 y 20 años están o han pasado por el mismo trago. Comúnmente asociamos los trastornos de alimentación con jóvenes, en su mayoría féminas, que ponen en riesgo su salud y sus vidas por embutirse en faldas y trajes de pequeñas dimensiones; y esto es erróneo. Las cifras revelan que en España un 20% de los enfermos son varones y algunos expertos consideran que en los próximos años la cifra irá en aumento.
OBSESION. Han pasado los meses y todos los que vivieron la enfermedad de Mario lo recuerdan como un mal sueño; suerte que con el tiempo el chico se ha ido recuperando. Todo empezó en verano de 2006. La mayor parte de los casos tienen su origen durante estos meses, en los que revistas y televisiones se empeñan en ponernos a todos a dieta. Quizás no fueran ellas las causantes, tal vez fue algún comentario desafortunado de algún compañero de clase, quizás un reto; al fin y al cabo, una obsesión.
La familia de Mario veía como iba perdiendo peso de forma progresiva, pero muchos “pensamos que era cosa del estirón que dan los chicos a estas edades” afirma su madre. Un buen día mientras jugaba al fútbol con unos amigos, le dio una bajada de tensión, se desmayó e inmediatamente le llevaron a un centro de salud. Lo del ‘estirón’ ya no tenía sentido. Las semanas siguientes fueron muy duras. “Le pusieron una sonda para que le llegase el alimento porque su índice de masa corporal era excesivamente bajo. Había perdido 9 kilos en cosa de tres meses. Los médicos nos dijeron que era la mejor forma de que le llegasen todos los nutrientes que le faltaban en su organismo”, expone la madre de Mario.
El chico no lo sabía pero lo más duro estaba por llegar.
AISLAMIENTO. Un buen día el médico que le trataba le comunicó que tenía que ser trasladado al Divino Valles. Instantáneamente su madre rompió a llorar. “Sabía perfectamente que le trasladaban a la unidad de Psiquiatría. Entendía que iba a ser muy duro para él pero los médicos nos dijeron que era lo mejor” explica la mujer.
Mario llegó a la URTA (Unidad Regional de Transtornos de la Conducta Alimentaria). El área cuenta con un equipo de profesionales especializados para estos casos. El pasado año la URTA atendió unos 100 casos de este tipo de los que más de la mitad necesitaron un ingreso hospitalario. “En los últimos años hemos tenido casos de niños varones de entre 10 y 13 años, cuyo diagnóstico era el de anorexia restrictiva. En este tipo de enfermedades es muy difícil ahondar en las causas que conducen a tal desenlace, y hasta que no encontramos la causa no podemos poner solución” expone Erika García, psicóloga clínica de la URTA.
El chico pasó cerca de un mes de la Unidad de Psiquiatría del Divino Valles. Sus familiares tan sólo podían ir a verlo en el horario de visitas establecido, una hora y media por las tardes. Como él dos enfermos más, un niño de 11 años y una joven de 25 años. Ellos fueron el principal apoyo del jovencito. Ellos y el resto de internos de la planta (enfermos psiquiátricos de todas las edades). Ellos contemplaron sus lloros, sus debilidades, sus berrinches. También contemplaron la mejoría del chico. Los días pasaban y la cara de Mario mostraba un aspecto más saludable. Ya no lloraba ni chantajeaba a sus padres para que le sacasen durante el horario de visita. Ahora reía, ahora jugaba con ellos al ‘parchís’, les contaba cosas de sus compañeros; sus ojos tenían un brillo distinto, un halo de esperanza. Los médicos le habían dicho que iba a salir en muy pocos días.
Respondió bien al tratamiento y después de un mes de internamiento, la bedel abría con su custodiada llave una puerta que esperaba no tener que volver a cruzar. Una vida libre, lejos de obsesiones.
El miedo es un sentimiento inherente al ser humano, es una parte de nuestras vidas que en el fondo nos aleja del disfrute de la misma. Cuando una persona percibe tal sensación su cuerpo y su mente se paralizan ante una sensación extraña, ante un sentimiento, ante un cambio. Y es que el miedo nos hace vulnerables, nos aleja de nuestros deseos y de la magia o el disfrute de sentimientos maravillosos como la amistad, la aventura o el amor.
Ya lo dijo Shakesperare, "de lo que tengo miedo es de tu miedo". En ocasiones lo percibimos, en ocasiones lo maquillamos y en resultado nos alejamos de todas las vivencias nuevas por ello, por el miedo. El miedo por sí mismo es algo natural, la valentía reside en vencerlo, en superarlo. El primer paso es reconocerlo. Tengo miedo. A lo desconocido, a la novedad...pero el que no arriesga no gana y en esta frase el miedo no existe, o sí, pero envuelto en un aire esperanzador que nos hace saltar esa barrera para superarla.
Tenemos miedo a lo desconocido. Y el miedo llega como las cosas buenas, de repente. Lo malo es que escondamos los sentimientos por miedo a perder esas cosas buenas antes de conseguirlas o por lo menos intentarlo. ¿Por qué tener miedo a sufrir si no sabemos si rozaremos el cielo con las manos? ¿Por qué alejarnos de nuestros sueños por miedo a fracasar? No, el miedo no existe, o sí, qué se yo que siento miedo a diario.
Miedo a hacer daño, miedo a perder, miedo a soñar...Miedo a no tener nada por el miedo a intentarlo.
¿Qué hacemos un día normal? Quien más quien menos se levanta turbado tras un bonito sueño o angustiado por el trabajo que le espera en la oficina; solemos tomar el café a media mañana, echarnos una siestecilla y dar un paseo cuando nos place. Los días son iguales o distintos según los planeemos, aunque algunas veces hay fechas que reclaman una atención especial. La de Todos los Santos es uno de esos hitos del calendario español.
Los cementerios de toda España se llenan de ramos llenos de vida que albergan espacios en los que un día afloró el amor, el odio, el cariño, el deseo. Entre todas las cabezas cabizbajas y ojos repletos de sentimientos...en el cementerio de Burgos hay dos personas a las que no les importa que hoy sea fiesta obligada. Vetete y Clementina acuden como cada mañana al cementerio municipal de la ciudad en la que viven para saludar a su hijo, a su hermano y cuñado, a su padre y suegro...para no sentirse, como ellos mismos confiesan, "solos". "Todos los días hacemos lo mismo. Venimos con sol, con nieve y siempre les visitamos. Si no vengo un día no podría dormir", confiesa la mujer. Resulta extraño, la soledad enmarcada en un espacio poblado. Hoy, el pasado jueves día uno de noviembre, no es un día especial para ellos. El matrimonio, a diferencia del resto de asistentes, acude sin flores, sin lágrimas en los ojos. Es un día más para ellos.
Tras el obligado recorrido salen callados, en silencio, por una puerta que miran de reojo. Es la entrada del cementerio. En ella se dan la mano la pena y la alegría, el amor y la agonía, el deber de dejar lo que más apreciamos, la vida.
Gracias por cada día que veo tras el umbral de mi ventana todos los santos días.
Paco Martínez Soria, ese genial actor olvidado por los academicistas de Holywood, lo repitió hasta la saciedad, “La ciudad no es para mí”; y qué razón tenía. Madrid, será toda la capital de España que quiera pero no es una ciudad en la que se pueda pasar más de 5 meses sin que uno llegue a sentirse agobiadao. Sus cerca de 6 millones de habitantes, contando su área metropolitana, pueden ser en parte los causantes de esta nueva patología: agobius madrileñus, que algunos estamos comenzando a padecer.
Vivir en Madrid es habitar en la ciudad de las prisas, de la picaresca, de la soledad más habitada o de la pobreza más rica. Cuando uno llega a Madrid hay una serie de normas, que por supuesto desconoce, que no pueden saltarse por alto, sino queremos que nos tachen de paletos. Un muchacho llega con su maleta a la estación de ilusiones correspondiente. Nada más llegar, la sorpresa. Nunca había visto una estación de tales proporciones y esto ya le despista a la hora de dirigir su rumbo. Tras preguntar a varios paisanos que le miran como a un tipo raro, se dirige hacia la taquilla, pues el viaje no ha acabado; tan sólo acaba de iniciarse. Saca su billetito correspondiente, a cambio de un euro, y se adentra en la hecatombe, el metro de Madrid. Como suele ser natural las primeras veces duda en la dirección de su línea y tarda en decidirse. Es duro reconocerlo. Nos creemos superiores en nuestras ciudades, aquellas que conocemos al dedillo y que nos han hecho ser hombres y mujeres de provecho; pero ahora, lejos de casa y en esta mega-urbe, nos sentimos como auténticos paletos.
Con el tiempo esa inicial paletización se convierte en una desafiante adaptación. Uno se va acostumbrando a todo, o a casi todo. Uno se acostumbra a pagar 50 euros mensuales para el abono de transporte, se acostumbra a sentirse una sardina más en metro, a no encontrarse a ningún conocido por la calle, a ver a los vagabundos durmiendo en los cajeros…Y es que en Madrid, nadie te mira por la calle. Hace unos días una amiga y colega profesional, a la que guardo especial cariño, me lo comentaba. Y tiene toda la razón. Alguna vez he pensado que si alguien fuese desnudo por la calle no despertaría demasiadas miradas porque aquí reina un hastío que no puede verse en otras ciudades.
No quiero menospreciar, ni mucho menos la amplia oferta cultural y de oportunidades que tiene Madrid. De eso no cabe duda. Lo único que critico es la inexistente calidad de vida de la capital de España. En Madrid el tiempo pasa si cabe más deprisa, en parte porque se lo “comen” los asientos de metro, de autobuses y de cercanías. En parte por las grandes distancias que separan las casas, más económicas, de los lugares de estudio y trabajo. En parte por la contaminación, en parte por el agobio, y en gran parte por la soledad. Hagamos de nuestras pequeñas ciudades, grandes capitales en las que llegue el día en las que los jóvenes no tengamos que emigrar para acceder a una titulación universitaria o a un puesto de trabajo. Que ya lo dijo un día alguien sabiamente y yo lo vuelvo a repetir.
Hoy es un día de esos atípicos que a uno le toca vivir. He decidido pasar la noche viajando para recorrer rincones por los que he pasado cientos de veces, para circular por calles por las que he vivido momentos importantes, para dejarme llevar por los recuerdos que conservo en la maleta que de forma inesperada dejé olvidada en el rellano de mi portal.
Parece el comienzo de un cuento o de un libro, no lo es, aunque podría serlo. Es el comienzo de un sueño que se vive con los ojos cerrados (por el miedo a despertar y ver que todo es irreal), es el inicio de una ilusión, de una forma de vida que yo misma elegí. Es una firma, dos palabras insignificantes muy poderosas. Es una simple hoja de papel, el dardo de la palabra. Es mi vida. Quiero ser periodista.
Cuando escogí las prácticas en Diario de Burgos, lo hice un poco, al tun tun...Paso el verano en casita, 5 minutos de casa, cojo más experiencia...De eso han pasado más de cuatro meses. Comencé a trabajar hace casi tres meses y nunca pensé que algo me iba a enganchar tanto. Estoy como drogada, el periodismo es una droga. En todo este tiempo he indagado en más de una treintena de historias. Todas distintas y singulares, íntimas y personales; como la vida y los sentimientos. Ahora sí, no tengo dudas. Sé que no me equivoqué hace 4 años al elegir la carrera. Quiero contar historias, llegar al corazón de la gente. No quiero dejar de emocionarme con lo que hago, con lo que vivo. De lo más grande, de lo más insignificante. Hay mil y una historias por contar.